TEMPORALIDAD RECURSIVA

 

tiempo

La alarma comenzaba a sonar. El reloj había vuelto a estropearse. Ése maldito temporizador no le daba tregua, pero no era lo único que fallaba en aquel infierno blanco. Algo o alguien lo observaba, ¿pero qué o quién?. Llevaba años atrapado y aislado en aquel bucle. Cada mañana bien temprano, antes incluso de que el amanecer comenzara a despertar, realizaba el mismo ritual que le mantenía con vida en aquel hostil paraje. Él y su miedo, se enfundaban dentro de ropas térmicas, luego las cubría con un preciado traje compuesto de pantalón y chaqueta, de un material ligero, transpirable y muy confortable, diseñado para esquiadores de alta montaña y resistente a aquellas temperaturas. Era su mayor trofeo. En algunas ocasiones, utilizaba las pieles de animales a los que había dado caza para alimentarse, cubriéndose con ellas y no deteriorar aquella prenda tan sofisticada, pero ese día, algo o alguien, le hizo decidirse por aquella vestimenta. Se la había quitado a aquel pobre infeliz antes de que la nieve se lo tragase; sólo tenía un inconveniente: era un faro de colores llamativos para tanto blanco y temía ser él, el blanco. Aún hoy se preguntaba de donde había salido aquel extraño y cómo llegó a estar tan cerca.¿Quizás escuchó su S.O.S.?

Después, derretía algo de nieve con la que poder hacer un poco de sopa con aquella pasta liofilizada, para nutrirse y calentar su cuerpo aún dormido, llenando con los restos su cantimplora. Repasaba los estantes haciendo inventario de los víveres y memorizaba una lista con la compra a realizar. Una rutina BIOS que lo mantenía distraído. Luego, comprobaba las compuertas, sus engranajes y baterías. Recorría uno a uno los pasillos de aquella vieja instalación científica con el temor siempre tras él, de que no fallara el temporizador, o de que la nieve no hubiese cubierto demasiado las placas solares, o que los vientos no hubiesen roto las parabólicas que lo mantenían comunicado con el mundo, sí es que seguía estando ahí fuera (él confiaba en ello enviando sus S.O.S a diario, aunque no obtuviese respuesta).

Tras cada puerta, la incertidumbre de donde hallaría su final, le restaba años a su congelada vida. Por último, revisaba las armas, se aprovisionaba de munición, llenaba una pequeña mochila con algunos víveres y cogía su cantimplora; calzándose aquellas viejas y ridículas raquetas, salía al exterior. Antes de iniciar la búsqueda de alimentos en las trampas por él preparadas o de todo resto que le fuese de utilidad, comprobaba las placas y las antenas, y alejándose de la seguridad conocida, tomaba la precaución de borrar sus propias huellas.

No habría avanzado más de mil raquetas cuando una de ellas crujió bajo sus pies, para sentir como si algo le hubiese atravesado el pecho. La cabeza comenzó a darle vueltas y un monótono y persistente sonido le perforaba los oídos. Aturdido, cayo al suelo; y la nieve se derretía en un charco de sangre caliente. Llevo su mano al pecho y el rojo lleno sus ojos…

El reloj ha vuelto a estropearse. Ha hecho saltar la alarma: maldito temporizador que no me da una tregua. No sé porque presiento, que hoy no será un buen día.

© M.D. (16.11.16)

Fotografía de Francisco Carlos

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