SOMBRAS: MUERTE DE UNA VIDA

 

De nuevo, un amanecer rojizo nos brindaba otra oportunidad para continuar vivos. Era como si sus rayos hubiesen absorbido la sangre de los derrotados, para luego derramar lágrimas de fuego sobre ellos. Desde aquella torre defensiva donde me encontraba, ponía empeño en distraer la mente, con el turno de vigilancia asignado. Difícil misión con la rabia comiéndome los pies, por no poder hacer nada. La noche anterior había sido dura, como venía sucediendo hacía ya muchos meses. Meses de incruentas batallas contra un enemigo que no veíamos. Una vez más, mis jóvenes ojos serían testigos cómplices de la masacre acontecida, desconociendo la suerte de mis padres.

-¿Estarían ellos ahí abajo?-

Lo peor ocurría cuando aquel sol rojo, desde lo más alto, y en su máximo apogeo, iniciaba su abrazador beso. El hedor de miles de cuerpos salvajemente mutilados que yacían en el páramo, sin que nadie se atreviera a dar cabida a aquellos huesos en una improvisada sepultura. Ese hedor me acompañaría hasta la hora de mi muerte.

Todo comenzó aquel día en que a un brillante investigador, se le ocurrió la fórmula para dar vida a las sombras. Algo se descontroló, y cientos de figuras gélidas habían invadido nuestras vidas. La noche, el momento para la diversión, para el esparcimiento, para disfrutar de unas horas con los tuyos antes del descanso, se había convertido en una eterna hechicera de insomnios y pesadillas. Aquellas extrañas formas sin sentimientos, dominadoras de la oscuridad, se alimentaban de ella, creciendo y adaptándose para congelar todo a su paso.

¡Nada con una pequeña partícula de calor debía quedar vivo!.

Se habían ensañado con la especie que las creo, pero mis tristes ojos hacía tiempo que no veían sobrevolar a ningún buitre, para que algo diera cuenta de aquellos cuerpos. Ahora más que nunca necesitamos la luz. Habíamos vuelto a la época de las cavernas y ocultándonos bajo tierra, en bunkers diseñados para supervivientes, sobrevivíamos iluminando la esperanza con cientos de focos. Esperábamos nuestra suerte: ser nombrados en aquella lista para la batalla de la noche, pudiendo desahogar mis pies rabiantes hallando una muerte rápida, o seguir muriendo lentamente en aquel búnker, de vivientes.

® Maribel Díaz (14.11.16)

Fotografías: Yolanda L.

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