Andenes en el abismo

Cuando me seleccionaron para aquel puesto de trabajo no entraba dentro de mis planes, pues tan sólo tenía treinta años, y vivir en el mismo edificio en el que a diario se desarrollaría parte de mi existencia no me hacía especialmente feliz. Reconozco que al final la experiencia resultó ser satisfactoria, no así las adversidades iniciales: nunca sospeché que la mayoría de los vecinos adolecían de un mal que llegué a llamar «el maleficio del tiempo». Parecían estar atrapados dentro de relojes de los que no había forma de desconectar.

El edificio en cuestión era una construcción bastante antigua, por no llamarla vieja, que constaba de siete plantas, un bajo, un patio interior, un sótano, y un minúsculo ático que terminé ocupando por la nada despreciable cantidad de trescientos euros. Y digo esto porque mi sueldo por aquel entonces era de seiscientos al mes, más una ayuda de doscientos que me enviaba mi estimada abuela Nora, y que empleaba básicamente en comer.

La primera vez que visité aquella oficina, situada en la tercera planta del inmueble, deseé salir corriendo, pero me tranquilicé porque con la suerte que solía tener, supuse que no me volverían a llamar. Además, no cumplía con los requisitos del puesto: no era ni soy auxiliar administrativa (ni siquiera hoy sé cómo administrar mi vida), de ahí la incuestionable labor de mi abuela, conocedora de la verdadera vocación que persigo, escribir, y de mis constantes cambios de ocupación. Yo lo llamo crecimiento. Para Nora, sin embargo, era una disminución progresiva de su dinero. Yo esperaba (si todo iba según lo previsto, pues he llevado a una editorial varias copias de estos relatos a fin de recibir una contestación positiva o una oferta para la publicación del libro), devolverle con creces a mi querida abuela su inestimable ayuda.

Como ya indiqué al principio, me eligieron y comencé a trabajar a las tres semanas de instalarme en el ático. Un ridículo espacio de «concepto abierto», por dar una imagen moderna a la situación, que lo único grande que tenía (y era de agradecer) era la ventana. Por ella entraba la mayor parte de la luz de aquel habitáculo, que contaba con un sofá cama de medio cuerpo, pues no había forma de meter completo el mío; una mesa redonda de tres patas, que pasaba la mayor parte del tiempo ocupada con mis libros y el portátil, más que como el espacio para comer, y una cortina muy florida que le daba el único toque primaveral a tan triste estancia.

Era la encargada de separar el resto del lugar: el hueco donde poder ducharme y despejar mis necesidades: un agujero con desagüe y una taza de wáter.

Pero esta no es mi historia, sino la de todos los inquilinos que cohabitaban en aquel penoso edificio. Vidas paralelas, como ya escribiera Plutarco, en modo vertical y en el que, relato a relato, intentaré contar lo que supe de ellas, ya que pude conocer a algunas en los cinco años que allí estuve, aunque sin muchas confianzas. Reconozco que me gusta más observar y escuchar que participar en tertulias entre plantas y ascensor, el cual, para mi desgracia, estaba siempre más averiado que en funcionamiento, aunque también resultaba una forma de hacer ejercicio después de haber permanecido sentada varias horas en la oficina.

Comenzaré a relatar estas historias……

….CONTINUARÁ

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